Escrito por Diego Vargas Gaete Lunes, 22 de Febrero de 2010 15:12


A las puertas de la iglesia de la Virgen del Socavón de Oruro, en pleno carnaval, se ven niños haciendo cosas de mayores debido a la imperiosa necesidad de subsistir
Este artículo forma parte de una serie. Al final del mismo encontrarás los enlaces a las partes anteriores.
Parece como si nacieran para pronto realizar cosas de grandes. Tienen cinco, ocho, trece años. Se llaman Darwin, Ninoska, Rubén, Esmeralda. Cuentan y reciben dinero. Cargan bolsos y cajas. Se internan en las minas. Lustran zapatos. Venden artesanías y toda clase de productos.
No hay pausas ni horarios para los pequeños trabajadores. En septiembre de 2009 la UNICEF indicó que uno de cada tres niños y adolescentes bolivianos participaban del mundo laboral. En respuesta se han adoptado políticas de protección a la familia como 'el Triple sello': un convenio entre trabajadores, empresarios y Estado a través del cual los productos que lleven este signo garantizan la ausencia de trabajo infantil. Sin embargo, su cumplimiento es voluntario y los niños siguen arrastrando una tradición ligada a la pobreza y a la imperiosa necesidad de subsistir.
Esmeralda nos ofrece gelatinas. Marina le compra una y los dientes de la chica muestran una blanca sonrisa. Caminamos por las calles de Oruro.Tienen cinco, ocho, trece años. Se llaman Darwin, Ninoska, Rubén, Esmeralda. Cuentan y reciben dinero. Cargan bolsos y cajas. Se internan en las minas. Lustran zapatos
La iglesia de la Virgen del Socavón, patrona de los mineros, nos recibe con su añosa fachada de piedras. Hasta aquí llegan en procesión los bailarines del famoso carnaval que se lleva a cabo en febrero. Queremos visitar el museo minero, un túnel que se interna en el cerro contiguo y cuya entrada se encuentra en el interior de la iglesia. Marina va a preguntar por el precio (casi un dólar) y yo me quedo dando vueltas. Ahora un par de niños me ofrecen un refresco casero y cuando los veo alejarse recuerdo a Evo Morales que a los 6 años vendía helados mientras su familia trabajaba en la zafra de la caña de azúcar.
A un costado de la iglesia hay una enorme escalera. Allí descubro un gigantesco tobogán. Marina me alcanza y se ríe al ver pasar a un chico convertido en un bólido. Alcanzamos el sitio desde el cual despegan los niños voladores: hay una cruz que parece vigilarlos. Uno de los pequeños nos explica cómo logran bajar a tanta velocidad: pisotean botellas de plástico y sobre ellas amarran un cartón para crear así un frágil vehículo que se resbala a través del cemento. Los chicos suben y bajan.
Una gota. Otra. La lluvia nos obliga a partir. Atrás quedan las risas, la tibieza de la tarde y un pedazo de infancia congelado en el tiempo.
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Precrónicas de un viaje a Bolivia
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Crónicas de un viaje a Bolivia. Rumbo a Uyuni
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