Nodo libre
Prevenir disfrutandoEscrito por Alfonso Ramírez de Arellano Espadero Jueves, 12 de Marzo de 2009 19:52

Hemos dejado de creer que nuestra vida nos pertenece y podemos conducirla en la dirección que nos parezca más razonable y placentera
Opinión

Cuando nos decimos,
por ejemplo, que nunca más volveremos a fumar podemos despertar un tipo de
ansiedad (o un sentimiento de pérdida anticipada) que nos provoque más ganas de
fumar. Hasta que no remite esa resistencia no se produce el cambio y entonces
parece que ocurre, que acaece por si sólo.
Desde ese punto de vista la idea es
avanzar sin despertar nuestras defensas, a nuestro ritmo, lo más
placenteramente posible, consolidando cada paso y confiando en que nuestra
naturaleza actuará en nuestro favor y no en nuestra contra. En definitiva se
trata de seguir la máxima sobre la promoción de la salud de hacer más fáciles
las opciones más sanas.
Por eso cuando mi médico me recomendó un cambio de hábitos para reforzar mi decisión de dejar de fumar lo primero que hice fue localizar varios circuitos urbanos agradables a la vista y lo más alejados posible de la contaminación. El parque, el río, el barrio histórico peatonal y los jardines adyacentes ofrecían buenas perspectivas.
Comencé
por no fumar una hora antes y una hora después de la caminata o del trote al
que sometía a mi desacostumbrado cuerpo. Hacía algunos estiramientos antes de
empezar y al terminar. Durante el ejercicio respiraba profundamente como si
quisiera limpiarme o desintoxicarme. Después comía fruta. Eso me permitió
sustituir una de mis comidas habituales, de modo que antes de dejar el tabaco
ya había comenzado a adelgazar y a respirar mejor.
Me
había propuesto convertir mis cambios de hábitos en un placer. No quería
apoyarme en autoimposiciones desconfío de la dictadura de la razón-, ni en
sentimientos de culpa porque me desagrada el sentimiento inútil. Quería conquistar la
meta etapa por etapa, sin prisas y sin recaídas que me hicieran sentir el
amargo sabor del fracaso. Programa de baja exigencia y alto disfrute me repetía
cada día.
Uno
de los hándicaps mentales que más me costó superar fue el de ¿qué iba a hacer
durante la hora y media de paseo o 50 minutos de trote en soledad? Seguro que
me aburro. Al principio llené ese tiempo con música o incluso con un curso de
inglés grabado en mi MP4, hasta que descubrí que yo no era tan mala compañía.
Me acordé de Machado, de lo importante que es conversar con uno mismo. Me
dediqué a repasar cosas sobre las que quería pensar y no encontraba tiempo durante
el día, aprendí a escribir mentalmente, recordé detalles y personas que no veía
desde hacía algún tiempo. Cuando se lleva corriendo o marchando un buen rato la
mente funciona de otra manera. Las preocupaciones ordinarias dejan paso a otras
figuras y a otros paisajes. Algunos las llaman visualizaciones, yo creo que se
trata simplemente de nuestra imaginación que despierta de su letargo.
Otro
obstáculo fue encontrar una respuesta satisfactoria a la pregunta de cómo podía
estar dedicándole tanto tiempo a aquello con la cantidad de cosas que debía
hacer, además de eludir el pinchazo de culpabilidad que acompañaba a la
insidiosa pregunta.
Verdaderamente tuve que recomponer mis prioridades y con
ellas mi escala de valores y mi autoimagen. Si uno se concede dos horas al día
para cuidarse las cosas pueden cambiar. De hecho cambiaron más allá de lo que
esperaba inicialmente. Las respiración, el nuevo ritmo, el placer de la vista
durante el paseo, beber con auténtica sed o saborear una fruta con un paladar
recuperado, concederme tiempo, acostarme cansado físicamente y no agotado de
estrés, premiarme por los pequeños logros que iba consiguiendo y algunas cosas
más terminaron por transformarme.
Otro
descubrimiento fue el concepto de círculo virtuoso. Raro es el día que no se
oye hablar de algún círculo vicioso en el que estemos metidos, pero también
existe ahora lo sé- una especie de espiral positiva. Las dos horas que
dedicaba a mi nueva vida se convirtieron en el epicentro de una fuerza
centrípeta que poco a poco fue alcanzando el resto de las horas del día
y de
la noche.
No
sólo dejé de fumar, también cambió mi punto de vista y mi forma de tomarme las
cosas de la vida. No hay nada misterioso en todo ello.
Quizá lo único que
ocurre es que los superdesarrollados occidentales nos hemos vuelto
existencialmente conservadores e ideológicamente deterministas, hemos dejado de
creer que nuestra vida nos pertenece y podemos conducirla en la dirección que
nos parezca más razonable y placentera. Sólo creemos en la lucha por el triunfo
económico, laboral y de estatus, pero esa búsqueda implica un estilo de vida
que deja muchas cosas atrás en su constante huída hacia delante.
Imagen(cc): antenne

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