Nodo libre
Economía humanaEscrito por Alfonso Ramírez de Arellano Miércoles, 27 de Agosto de 2008 02:24

Carlo Cipolla afirmaba que el resultado de los intercambios entre los seres humanos se puede clasificar según cuatro posibilidades: malvada, ingenua, estúpida o inteligente
Opinión

Malvada
La primera de ellas, la malvada, se rige por el principio de yo gano y tú
pierdes. Es la que impera en los juegos con apuestas, en la economía
competitiva de mercado y en otras muchas relaciones humanas en las que lo
intercambiado no es monetario ni material, por ejemplo, en la competición
deportiva o con rivales amorosos. Las personas que siguen este principio
tienden a creer que se trata de una ley natural y universal.
"Todos
estamos sujetos a ella -afirman-, la diferencia
es que unos la aceptamos y tratamos de ganar y otros, que suelen ser los
perdedores, no la aceptan e intentan justificar su debilidad con principios éticos
muy nobles pero increíbles. No hay más que observar el comportamiento del reino
animal para darse cuenta de que la supervivencia del individuo y de la especie
dependen de que se cumpla la ley del más fuerte".
En general, esta convicción está más arraigada entre los hombres que entre las mujeres, pero las cosas están empezando a cambiar. Lo del macho dominante, la conquista del territorio o el sometimiento de los adversarios, ya no debe leerse exclusivamente en clave masculina. Es más correcto hablar de la persona dominante o del sometimiento de los/las adversarios/as.
Ingenua
La segunda posibilidad es la representada por la posición tú
ganas y yo pierdo, genéricamente denominada como ingenua. Claro que detrás de
esa ingenuidad, aparente o real, pueden esconderse muchas cosas. A simple vista
parece reflejar tendencias masoquistas, un exagerado miedo al éxito o una
imperiosa necesidad de admirar y depender del triunfador, para lo cual es
necesario, previamente, perder.
También es la estrategia de quienes manipulan
al otro alabándolo y otorgándole el papel de ganador para que haga lo que ellos
desean, por ejemplo sustituir la rueda pinchada del coche: "¡eres tan
fuerte!" o la declaración de la renta: "¡se te dan tan bien estas
cosas!". También hay una extraña fortaleza en la pérdida que el cine
moderno ha sabido explotar con el personaje del antihéroe. Pero quien mejor
supo ilustrar esta última posibilidad fue el maestro 'El Roto', que en la última
edición del diario 'El Independiente' se dirigió a sus compañeros con una viñeta
que decía: "Tranquilos tíos, los perdedores somos invencibles".
Estúpida
Cuando el resultado de la transacción es que todos pierden,
nos hallamos ante un juego estúpido. Según Cipolla, el estúpido es el personaje
más peligroso de todos, ya que su actividad ni siquiera está dirigida por la
búsqueda del bien propio y egoísta, por lo que su conducta resulta imprevisible.
El daño puede alcanzarnos en cualquier momento y sin ninguna lógica.
Un ejemplo
elocuente de este tipo de relación es la dinámica que a veces establecen los
políticos entre sí, más preocupados por atacar al adversario, por evitar que
gane, que por hacer algo productivo. De tal manera que el resultado, después de
un enorme gasto de energía por ambas partes, ni siquiera es cero; es menos que
cero. El deterioro alcanza a ambos contendientes, pero además de esas pérdidas
particulares hay una pérdida más general que se extiende a toda la sociedad.
En
la medida que la conducta de los políticos es pública y ejemplar (aunque se
trate, como en este caso, de un mal ejemplo), su fracaso nos concierne a todos.
Desgraciadamente todos bajamos con ellos un peldaño en la escala del buen gusto
y el sentido común. Todos perdemos, y eso por no hablar de lo que nos cuesta
como contribuyentes mantener el estúpido juego que practican. Un peligro
añadido que tienen los estúpidos es que los demás tienden a infravalorar su capacidad
de hacer daño.
Inteligente
Finalmente, aunque muchos no quieran creerlo por pesimismo o
maldad, existe la posibilidad de interacciones materiales e inmateriales inteligentes
que se rigen por el principio de todos ganan.
Es el caso extraordinario del
intercambio de conocimientos. El conocimiento enriquece a los que lo comparten.
Su acumulación no conduce a fenómenos especulativos perversos, es una materia
prima indispensable pero inagotable, ya que su distribución lo acrecienta en
vez de agotarlo, no produce inflación y no contamina.
Algo parecido ocurre con
las obras de creación y las relaciones que se establecen entre su creador y su
público destinatario. También ocurre ¿cómo no? con en el amor, la amistad, la
solidaridad o la generosidad, pero constituyen un capítulo aparte ya que
desbordan ampliamente los cálculos de la ciencia económica.
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